Nutrientes a los 3-6 meses de edad


Por naturaleza, el calcio, el fósforo y la vitamina D desempeñan un papel fundamental en el crecimiento y el desarrollo sano de los bebés. Son especialmente importantes entre los 3 y los 6 meses de edad, dado que es en este periodo cuando empiezan a crecer los dientes y se sientan las bases para unos huesos fuertes. A continuación presentamos información más detallada acerca de la ciencia que entrañan estos tres nutrientes, así como sus funciones en el cuerpo humano y sus posibles fuentes.

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Calcium

Calcio


Coincidiendo con la aparición de los primeros dientes, el calcio (un componente integral del sistema esquelético, de los huesos y los dientes) es esencial para los bebés de entre 3 y 6 meses de edad. Los bebés reciben calcio a través de la leche materna o de las leches de fórmula, pero es posible que se necesiten suplementos para alcanzar las dosis recomendadas por los institutos científicos.
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Fósforo


Como segundo elemento inorgánico más abundante en el cuerpo humano, el fósforo resulta extremadamente importante para un desarrollo sano. Favorece muchos procesos fisiológicos, como el ciclo energético de las células. Existe toda una serie de fuentes para la obtención de fósforo.
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Phosphorus
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Vitamin D

Vitamina D


A pesar de que el cuerpo tiene capacidad para producir vitamina D gracias a la luz del sol, el déficit de la misma se ha convertido en un problema extendido por varios motivos. La administración de suplementos de esta vitamina ya es generalizada y se consideran una buena medida para reforzar la mineralización ósea y el crecimiento sano de los tejidos.
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  • Calcio


    A pesar de que el calcio es muy importante durante el embarazo, también desempeña un papel fundamental durante la primaria y segunda infancia. En concreto, entre el tercer y el sexto mes de vida, el calcio favorece la mineralización y el fortalecimiento de los primeros dientes. Además, fomenta el desarrollo de unos huesos sanos y sienta las bases para un buen desarrollo físico y motor en el futuro.

    Durante los primeros seis meses de vida, los bebés solo pueden succionar y tragar alimentos. Por lo tanto, los elementos nutricionales adecuados para un bebé de entre 3 y 6 meses deben aportarse en forma de leche materna o de leche infantil de fórmula. A pesar de que el calcio está presente en la leche materna con una concentración de 264 mg/dl (Atkinson et al., 1995), se puede administrar como suplemento adicional o como parte de las leches infantiles de fórmula. Las dosis diarias recomendadas de calcio pueden variar en función de normativas o pautas nacionales específicas. Sin embargo, diversas evaluaciones científicas coinciden en la aceptación de las siguientes cifras: EFSA (2015) e Instituto de Medicina (EE.UU.) (2011):

    • 0-6 meses: 200 mg al día

    OMS/FAO (2004):

    • 0-6 meses, alimentados con leche materna: 300 mg al día
    • 0-6 meses, alimentados con leche de vaca: 400 mg al día

    Cuando el suministro de calcio resulta insuficiente para alcanzar los requisitos fisiológicos, se reabsorbe el calcio del esqueleto para mantener un nivel óptimo de las concentraciones en sangre para el correcto funcionamiento celular y de los tejidos. Como consecuencia de ello se reduce la masa ósea, lo cual podría provocar osteopenia (densidad reducida de minerales en los huesos), osteoporosis y un mayor riesgo de fracturas. Se han documentado dichas afecciones durante la infancia, incluidos trastornos óseos como el raquitismo (ligado también a la carencia de vitamina D), especialmente en los bebés prematuros (EFSA, 2015; Koo y Warren, 2003). Una ingesta excesiva de calcio, cuando los niveles totales de calcio sérico se encuentran por encima de los 12 mg/dl, (los cuales es poco probable que se alcancen mediante los alimentos únicamente), suele provocar hipercalcemia en bebés y niños. Algunos síntomas de este trastorno son el reflujo gastrointestinal, las náuseas, los vómitos y la hipertensión (EFSA, 2015; Lietman et al., 2011)

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  • Fósforo


    El fósforo es un nutriente esencial, el segundo elemento inorgánico más abundante en el cuerpo, y forma parte de muchos compuestos y rutas importantes: está involucrado en procesos fisiológicos como el ciclo de obtención de energía de las células, la regulación del equilibrio ácido-base del cuerpo, la señalización y regulación celulares, y la mineralización de dientes y huesos (EFSA, 2015). El fósforo conforma cerca del 0,5 % del cuerpo de un recién nacido y el 0,65-1,1 % del cuerpo de un adulto (Instituto de Medicina, EE.UU. 1997). El contenido de fósforo en el cuerpo se encuentra en los huesos y en los dientes (85%), en los tejidos blandos (14%) incluidos los músculos, el hígado, el corazón y los riñones, y en los fluidos extracelulares (1%) (EFSA, 2015).

    Las fuentes nutricionales de fósforo incluyen alimentos con alto contenido en proteínas como la leche y los productos lácteos, la carne, el pescado, los cereales y las legumbres. La ingesta media de fósforo varía entre 265 y 531 mg al día en bebés, según encuestas sobre la dieta realizadas en nueve países de la Unión Europea (EFSA, 2015). Se entiende como ingesta de fósforo apropiada:

    Instituto de Medicina (EE.UU) (1997) y EFSA (2015): 

    • 0-6 meses: 100 mg al día, basándose en una ingesta de leche materna de 780 ml diarios con una con ce ntra ción de fósforo de 124 mg/dl.

    EFSA (2015): 

    • 6-12 meses: 275 mg al día, basándose en el fósforo procedente de la leche materna y los alimentos sólidos

    Como alternativa a la leche materna y principalmente en casos en los que no se pueda suministrar esta o durante el destete, las leches infantiles de fórmula y los suplementos de fósforo representan una alternativa para evitar los déficits de este mineral.

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  • Vitamina D


    Vitamina D es el término genérico que se utiliza para el ergocalciferol y el colecalciferol, es decir, las vitaminas D2 y D3, respectivamente. Se forman a partir de una reacción en dos etapas en la que están implicadas la radiación ultravioleta B (UVB) y la posterior isomerización térmica. Las vitaminas D2 y D3 son compuestos liposolubles presentes en los alimentos y en los suplementos alimenticios, pero también se sintetizan en la piel a través de la exposición a los rayos UVB (EFSA, 2016). La vitamina D desempeña un papel importante en el metabolismo óseo y en la salud músculo-esquelética a través de la regulación de la homeostasis de calcio y fosfato, minerales asociados al desarrollo de los huesos (SACN, 2016; EFSA, 2016).

    La vitamina D se produce mediante la exposición de la piel a la luz del sol, pero también puede encontrarse en los huevos, en los pescados grasos y en las comidas enriquecidas. La tasa de absorción de vitamina D ingerida a través de los alimentos y absorbida con la grasa ronda el 80 %. Según la OMS, los bebés nacen con reservas bajas de vitamina D que deben suplirse mediante la leche materna, la exposición a la luz del sol o los suplementos alimenticios durante los primeros meses de vida. La cantidad de vitamina D presente en la leche materna depende en gran medida de la dieta de la madre, y suele ser baja. Además, no se expone a los bebés a la luz del sol a menudo, y las condiciones geográficas, climáticas y culturales pueden intensificar este problema. Entre estas condiciones se incluyen la latitud, la época del año, la hora del día, la duración de las horas de sol, el uso de ropa y protectores solares, así como la pigmentación y el grosor de la piel. Por estos motivos, los bebés son muy vulnerables al déficit de vitamina D, especialmente en algunos países del hemisferio norte (como Alemania) y sobre todo durante los meses de invierno si las reservas de vitamina D son insuficientes para durar durante este periodo. La carencia de vitamina D o hipovitaminosis D está asociada a un deterioro en la mineralización de los huesos (que provoca raquitismo en niños y osteomalacia en adultos), convulsiones y falta de aliento (EFSA, 2016). Una mineralización incorrecta también está asociada a la absorción insuficiente de calcio y de fósforo (Holick et al., 2012). Un consumo o un aporte excesivo de vitamina D pueden provocar hipercalcemia y dar como resultado la calcificación de los tejidos blandos, así como daños a nivel renal y cardiovascular (Vieth, 1999; Zitterman y Koerfer, 2008).

    La exposición al sol no debería tomarse como la principal fuente de vitamina D, sino que debe combinarse con la administración de leche materna, leches infantiles de fórmula, alimentos para bebés o suplementos alimenticios, que ofrecen una solución válida para mejorar los niveles de vitamina D y evitar que se produzca un déficit de la misma. La administración de suplementos de vitamina D están recomendados, a partir del nacimiento, en las siguientes dosis: DGE (Sociedad Alemana de Nutrición) (2015), Instituto de Medicina (EE.UU) (2011), Yu et al., (2017):

    • 0 < 12 meses: 10 μg al día

    OMS/FAO (2004):
    0-6 meses: 5 μg al día

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