Problemas digestivos de los bebés


La vida diaria de los bebés se caracteriza por numerosos problemas digestivos, que suelen ocurrir de forma natural debido a la inmadurez y a la sensibilidad del aparato digestivo. Por tanto, los cólicos, el estreñimiento, la diarrea, los vómitos, el reflujo, la regurgitación, las alergias alimentarias y las intolerancias son consecuencias comunes y naturales del desarrollo del sistema gastrointestinal. Puesto que es importante poder interpretar los síntomas correctamente y estar familiarizado con las distintas opciones de tratamiento disponibles, los problemas digestivos también son objeto frecuente de investigación científica. La Fundación Roma ofrece pautas especialmente valiosas. En conclusión, la aplicación de los conocimientos científicos subyacentes a los procesos naturales puede favorecer el estado óptimo de bienestar del bebé.

Colicky crying baby

Cólicos


Los cólicos del lactante representan uno de los trastornos gastrointestinales más importantes de los bebés durante las primeras etapas de sus vidas. La irritabilidad y el llanto son aspectos normales del desarrollo durante los primeros meses de vida. Sin embargo, los largos periodos de llanto inconsolable y el malestar evidente pueden resultar enormemente amargos y preocupantes para los padres, especialmente porque este tipo de comportamientos no parece estar ligado a una causa específica (Barr et al., 2001).
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Estreñimiento


Los bebés y los niños suelen tener dificultades a la hora de defecar que, normalment e, e st án asociadas a deposiciones poco frecuentes, heces duras y defecación dolorosa. En la gran mayoría de los casos, esos síntomas de estreñimiento son de origen funcional, no orgánico. Pueden tratarse satisfactoriamente con agentes farmacológicos, o con otro tipo de productos no farmacológicos más suaves y naturales.
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Baby getting a stomach massage
Nappy pail

Diarrea y vómitos


Un problema gastrointestinal común en muchos bebés y niños pequeños son las heces muy blandas o líquidas y el incremento de la frecuencia de las deposiciones. Estos síntomas de diarrea, que podrían ir acompañados de vómitos, pueden deberse a diversas causas. Se debe adaptar la nutrición de manera correspondiente para prevenir la aparición de consecuencias graves.
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Reflujo y regurgitación


A pesar de que el reflujo y la regurgitación suelen utilizarse como sinónimos, no son lo mismo. Mientras que el reflujo se refiere únicamente al movimiento del contenido del estómago hacia el esófago, la regurgitación representa la expulsión de dicho contenido. En el caso de los bebés, tanto el reflujo como la regurgitación son procesos habituales que no tienen por qué suponer una preocupación.
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Mother burping her baby on the shoulder
Baby with digestive discomfort

Alergias e intolerancias alimentarias


Las alergias e intolerancias alimentarias se pueden diferenciar en función de sus causas: Mientras que la alergia alimentaria se produce por una reacción inmunológica excesiva frente a las proteínas, las intolerancias están ocasionadas por una reacción (posiblemente no inmunológica) frente a otros componentes de los alimentos. Algunos ejemplos comunes son la alergia a las proteínas de la leche de vaca y la intolerancia a la lactosa. A menudo, las alergias e intolerancias alimentarias acarrean síntomas gastrointestinales como cólicos, estreñimiento, diarrea, vómitos, reflujo y regurgitación.
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  • Cólicos


    El término cólico suele utilizarse para describir a un bebé que presenta llanto excesivo o irritabilidad y, normalmente, está asociado a un dolor abdominal agudo carente de explicación (Zeevenhooven et al., 2017).

    La definición de cólico más comúnmente aceptada era la «regla de tres», idea que se cree surgió en 1954 (criterio de Wessel). Según esta regla, llorar más de tres horas al día , durante más de tres días por semana y durante más de tres semanas (para bebés por otro lado sanos y bien alimentados) se considera cólico (Roberts et al., 2004). A lo largo de los años, se han adquirido nuevos conocimientos acerca de los cólicos del lactante y otros trastornos gastrointestinales funcionales. Como consecuencia de ello, los criterios para el diagnóstico eran muy amplios y se basaban en gran medida en la experiencia acumulada, en lugar de en datos empíricos. Esto condujo a la creación de criterios perfeccionados con fines científicos específicos para recién nacidos y bebés mayores de un año, así como para niños y adolescentes. Benninga y Hyams publicaron éstos en 2016 (Benninga et al., 2016; Hyams et al., 2016), y pueden consultarse a través de la Rome Foundation.

    Los cólicos del lactante afectan hasta a un 25 % de los bebés de menos de 3 meses de edad (Nocerino et al, 2015). La fisiopatología de un cólico del lactante no está completamente clara y se cree que tiene su origen en un cúmulo de múltiples factores. Se ha sugerido que los cólicos del lactante están originados por diversas causas, entre las que se incluyen: i) perturbación o inmadurez del sistema nervioso central o del aparato digestivo; ii) causas psicosociales; iii) causas relacionadas con el sistema gastrointestinal (por ejemplo, alergia a la leche de vaca); iv) microflora intestinal alterada (por ejemplo, aumento de la bacteria E. Coli); y v) hormonas intestinales alteradas (por ejemplo, ghrelina y motilina) (Zeevenhooven et al., 2017; Savino et al., 2014).

    Uno de los objetivos más importantes del tratamiento de los cólicos del lactante es el de ayudar a los cuidadores a lidiar con los síntomas (que en ocasiones pueden generar frustración e inseguridad), y reforzar la relación entre el bebé y la familia (Vik et al., 2009). Es fundamental que los profesionales sanitarios sean conscientes de ello y que presten apoyo a la familia de forma continuada. Hay algunas opciones de tratamiento disponibles para ayudar a tratar los cólicos del lactante, como: i) consejos específicos sobre la dieta; ii) tratamientos farmacológicos para reducir la producción de gases o equilibrar la flora intestinal (por ejemplo, agentes farmacológicos o probióticos); y iii) terapias alternativas y complementarias (por ejemplo, extractos a base de hierbas y terapias manipulativas o de comportamiento) (Savino et al., 2014).

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  • Estreñimiento


    El estreñimiento se suele describir como demora o dificultad a la hora de defecar, que dura dos semanas o más y provoca molestias significativas (Biggs y Dery, 2006). Es un problema común en bebés y niños, que reduce su calidad de vida y suele conllevar visitas al pediatra o, en los casos más graves, tratamientos hospitalarios. Este trastorno se caracteriza por deposiciones poco frecuentes, heces duras y/o de gran tamaño, defecación dolorosa, incontinencia fecal y, además, suele ir acompañado de dolor abdominal (Koppen et al, 2015).

    El estreñimiento se define como funcional (estreñimiento funcional, EF) si no existe una causa orgánica subyacente, como sucede el 95 % de los casos en niños (Tabbers et al., 2014). El 5 % restante está relacionado con causas orgánicas, entre las que se incluyen los trastornos metabólicos o endocrinos, las anomalías anorrectales, las enfermedades neuromusculares y la enfermedad de Hirschsprung (Castiglia, 2001).

    La fisiopatología del EF no está completamente clara, pero es probable que tenga que ver con diversos factores. Un factor etiológico importante, especialmente en los casos de los niños más pequeños, es el hecho de que intenten contenerse, lo cual suele ocurrir tras una experiencia negativa como la de sufrir deposiciones duras y dolorosas. Esto puede llevar a retención fecal, consistente en la presencia de una masa fecal de gran tamaño en el recto o en el abdomen que suele ocasionar incontinencia fecal, es decir, pérdidas involuntarias de heces blandas (Mugie et al., 2011).

    La prevalencia de EF en bebés y niños pequeños varía según el estudio pero, normalmente, se encuentra entre el 5 y el 27 %. La frecuencia suele ser mayor en los bebés mayores de doce meses que en los bebés que no han superado el primer año de vida (Zeevenhooven et al., 2017).

    La evaluación del estreñimiento infantil consiste, principalmente, en un historial médico exhaustivo y en un examen físico completo. En casos específicos, se podrían necesitar exámenes adicionales, como pruebas de laboratorio o estudios radiológicos (Koppen et al., 2015). El EF es un problema de salud en todo el mundo, y hay diversas opciones de tratamiento disponibles que se diferencian entre intervenciones farmacológicas y no farmacológicas. Las intervenciones no farmacológicas incluyen la formación y la desmitificación, la enseñanza del control de esfínteres, el registro de las deposiciones o ingesta de fibra y líquidos adicionales (Koppen et al., 2015). Se debe tener en cuenta que los bebés y niños pequeños necesitan tomar más líquidos de lo normal: cuanto menor sea el niño, más líquido debe tomar. En el caso de los bebés, debe ser el 10 % de su peso, mientras que para un adolescente basta con el 5 % (Böhles, 2012). Los tratamientos farmacológicos para el EF constan de tres pasos: i) resolución de la retención; ii) tratamiento de mantenimiento; y iii) retirada progresiva del tratamiento. Existen diversas intervenciones farmacológicas, aparte del mencionado tratamiento de tres pasos, con opciones que van desde los laxantes (osmóticos, estimulantes o lubricantes), hasta los enemas, pasando por irrigación rectal y otras terapias más novedosas (como la prucaloprida) (Tabbers et al., 2014; Koppen et al., 2015).

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  • Diarrea y vómitos


    La diarrea es un trastorno gastrointestinal común durante la infancia que puede estar provocado por intolerancias alimentarias, alergias, intoxicaciones o como consecuencia de un tratamiento antibiótico. Sin embargo, la causa más frecuente suele ser una infección viral (como el Rotavirus) o bacteriana (como la Salmonella), que provocan una «gastroenteritis aguda» (NICE, 2009).

    Esta gastroenteritis aguda suele manifestarse mediante unas heces menos consistentes (blandas o líquidas) y/o un incremento en la frecuencia de las deposiciones (normalmente, más de tres veces en un plazo de 24 horas) Generalmente, la diarrea aguda no dura más de 14 días y, por norma general, dura menos de una semana (Guarino et al., 2014) Los síntomas pueden ir o no acompañados de vómitos. El vómito se define como una fuerte expulsión de contenidos estomacales hasta la boca y fuera de ella (NICE, 2009), y debe diferenciarse del habitual fenómeno de la regurgitación (véase «Reflujo y regurgitación»).

    Cada año, aproximadamente 1 de cada 10 niños menores de 5 años acude a los servicios sanitarios a causa de una gastroenteritis (NICE, 2009). El Rotavirus representa la causa principal de la misma en los niños europeos menores de 3 años. En países en los que la tasa de vacunación frente al rotavirus es elevada, el origen principal de la gastroenteritis aguda es el Norovirus (Guarino et al., 2014).

    Un enfoque nutricional inapropiado durante un periodo de diarrea podría llevar a un círculo vicioso de malnutrición. A menudo, este trastorno se ve agravado, entre otros factores, por una absorción insuficiente (por ejemplo, de la lactosa y las grasas), y por alteraciones en el funcionamiento intestinal que, a su vez, aumentan el riesgo de reinfección (Brandt et al., 2015; Brown, 2003). Otra consecuencia grave de la diarrea es la deshidratación, un síntoma potencialmente mortal. Entre los síntomas de deshidratación se incluyen: irritabilidad o letargo, reducción de la producción de orina, ojos hundidos, ausencia de lágrimas, calor en las extremidades, sequedad en las membranas de las mucosas y una menor turgencia de la piel (NICE, 2009) Si no se trata correctamente, las consecuencias a largo plazo podrían ser: impactos negativos en el estado nutricional y deterioro del crecimiento (Brown, 2003). Por lo tanto, es prioritario seguir una dieta apropiada para prevenir o romper este círculo vicioso y favorecer en su lugar el proceso de curación (Brandt et al., 2015).

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  • Reflujo y regurgitación


    El reflujo es el regreso al esófago del contenido del estómago. Este no va seguido necesariamente de la regurgitación, que es el regreso del contenido del estómago a la garganta y la boca (es decir, su expulsión). Sin embargo, la regurgitación es un síntoma común de reflujo gastroesofágico (RGE) sin complicaciones (Meunier et al., 2014). Por tanto, diferenciar de forma estricta el reflujo y la regurgitación es difícil, y ambos términos suelen utilizarse como sinónimos. Sin embargo, el RGE debería distinguirse claramente de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), asociada con síntomas y complicaciones graves que requieren una medicación específica (Lightdale et al., 2013).

    El reflujo es un proceso fisiológico común y normal, ocasionado principalmente por la inmadurez del esfínter esofágico inferior. El 50 % de los bebés con una salud normal regurgitan al menos una vez al día. El reflujo suele comenzar a las 2 o 3 semanas de edad (Meunier et al., 2014) y alcanza su punto máximo a los 4 meses (Benninga et al., 2016). A pesar de que suele ser temporal e inofensivo, los padres buscan a menudo consejo acerca del reflujo, por lo que se ha convertido en un tema rutinario para los profesionales sanitarios.

    En los casos más graves, el reflujo puede estar asociado a un aporte de nutrientes insuficiente, retraso del crecimiento correcto y un aumento del riesgo de padecer problemas de salud, como enfermedades respiratorias. Sin embargo, y a diferencia de la ERGE, el RGE se considera un proceso normal que puede tratarse con un enfoque más conservador (Lightdale et al., 2013).

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  • Alergias e intolerancias alimentarias


    Las alergias e intolerancias alimentarias pueden afectar considerablemente a la digestión del bebé y se manifiestan a través de varios síntomas, alguno de los cuales ya se ha descrito en capítulos anteriores: cólicos, estreñimiento, diarrea y vómitos, reflujo y regurgitación (Jochum, 2012).

    Las alergias alimentarias se producen por una reacción inmunológica excesiva frente a las proteínas (antígenos), mientras que las intolerancias alimentarias están ocasionadas por otros componentes de los alimentos, sin reacciones inmunológicas.

    La alergia a las proteínas de la leche de vaca (APLV) es la causa principal de alergias alimentarias en bebés y niños menores de tres años (Vandenplas et al, 2014). A nivel mundial, hasta 1 de cada 20 niños se ve afectado por la APLV. Entre el 5 % y el 15 % de los bebés muestran síntomas que sugieren la existencia de una reacción adversa a las proteínas de la leche de vaca. Se estima que la prevalencia de la APLV es de entre un 1,9 y un 4,9 % (Vandenplas et al, 2014; Høst, 2002).

    Por el contrario, la intolerancia a la lactosa está ocasionada por la falta o la reducción de la actividad de la lactasa, la enzima digestiva que descompone el disacárido de la lactosa en monosacáridos absorbibles. Existen tres tipos de intolerancia a la lactosa: falta de lactasa intrínseca, un trastorno extremadamente raro. La hipolactasia primaria común «tipo adulto» comienza a la edad de 3 años, aproximadamente, y tiene una prevalencia del 15 % en Europa. En otras partes del mundo, espacialmente en Asia y en África, la intolerancia a la lactosa es más común que la tolerancia a la misma (80 %). Por consiguiente, la intolerancia a la lactosa durante la primera infancia no suele ser de tipo primario, sino de tipo secundario. La intolerancia secundaria a la lactosa se desarrolla a causa de ciertas enfermedades gastrointestinales subyacentes, como la gastroenteritis aguda y la APLV (no mediada por inmunoglobulina E), que provocan una menor producción de lactasa en algunos bebés (Jochum, 2012).

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